[Relato de Marta María Huerta Rodríguez, participante en el concurso de artículos y relatos de montaña]

Me dicen que por ser nueva en este grupo de senderismo tengo que relatar la marcha del sábado, vale, habrá que ponerse a ello. Éramos 15. Subimos. Comimos huevos fritos con patatas y callos con garbanzos. Bajamos. ¡ya está!, ¿qué es un poco corto, que esto no cuenta?

Bueno, habrá que entrar en detalles, aunque sean morbosos (esto lo digo para que no abandonéis la lectura).

Todo comenzó en un romántico tren, por llamar de algún modo al cercanías Renfe, donde os conocimos mi amiga Pilar y yo en circunstancias poco sospechosas. A pesar de los terribles pronósticos del tiempo, lucía un solecillo invernal, que anima el corazón de los valientes (aunque alguno podría decir de los locos) que nos apuntamos a la aventura montañera. Nada más llegar al Puerto de Navacerrada, visita al bar (primera) y a perpetrarse. Después de ponernos los guetres, gorros, bufandas, guantes y demás, no nos conocía ni nuestra madre, pero tomando como referencia la ropa de mis compañeros montañeros, conseguí no despistarme. ¡Hala, a subir, subir y subir, que de eso se trataba! El grupo de cabeza, compuesto por once gamos, iba seguido poco después por el pelotón de dos, entre los que me incluyo, finalizando por los últimos dos, capitaneados por “El fotógrafo”, que claro, para hacer 120 fotos de los preciosos paisajes nevados, necesitó llegar quince minutos más tarde que los demás. ¡Un artista es un artista, en cualquier circunstancia!

Tras llegar a la Bola del Mundo, una breve estancia, porque ahí arriba soplaba un viento helador (calculamos que estábamos a 10 grados bajo cero) y la gente murmuraba ¡al bar, al bar!, así que allá que fuimos, al bar de la cumbre, antigua nave telesilla (van dos), a por los famosos huevos fritos con patatas, o con chorizo, o con panceta, el caldito hirviendo, los callos con garbanzos, (un miembro del grupo acostumbrado a este tipo de comidas sospechó que estos últimos eran de lata, pero fueron consumidos en un santiamén…) , los cafés, en fin, como reyes.

La bajada fue rápida, con una leve nevada para acompañar, para volver a ¿dónde?, pues al bar (y ésta es la tercera y última vez), a tomar unos licorcillos reconfortantes, que la vida del montañero es muy dura.

Vuelta al tren, alguno aprovechó para echarse una siesta tardía, y llegada a la civilización. Hasta la próxima.

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