[Relato de Glòria Fernández, participante en el concurso de artículos y relatos de montaña]

Para Alex.

Éste no es sólo un relato sobre la ascensión a una montaña, sino una historia contra pronóstico.
En palabras sencillas y no exentas de un toque de broma romántica, sufro de ‘corazón grande’. Es una singularidad bastante común en deportistas, pero en mi caso fue lo que me dejó en herencia mi abuela. Hubiera preferido otro tipo de herencia más al uso, pero fue la que me tocó. ¿Irónico? Bastante. ¿Determinante? Aún no lo sé, pero siempre ha tenido pinta de que tenía que ser está y no otra enfermedad la que marcara tantos acontecimientos en mi vida.

Lo de tener literalmente el corazón grande no es como para compadecer a nadie. Búscalo y verás que se puede llevar una vida la mar de tranquila y feliz. O hazme caso a mí: con una hipertrofia de corazón se puede llevar una vida tranquila, sana y feliz sin peligro de que se te salga del pecho. Siempre y cuando no te boicotees. Y yo me he boicoteado con saña y ofuscación fanática.

He llevado una vida de muchos excesos. Y por ello me he ganado, antes de cumplir los treinta, escuchar de boca de mi médico que tengo ya el corazón de una vieja de ochenta años, que me vaya mentalizando de que en poco tiempo me podrían implantar un marcapasos y de que me vaya olvidando de tener hijos propios. Derechazo. Crochet a los riñones. Y Uppercut al mentón. Caí a la lona por K.O. directo. Me sentí partida en dos.

Pero por suerte, las cosas siempre están a tiempo de enderezarse. Y nunca es tarde de hacer las paces con una misma. Y que mejor que subiendo al Puigmal.

Tardé un tiempo en asimilarlo. De hecho, empecé mi reeducación sin darme cuenta.

Este verano quería hacer unas vacaciones activas, que me pidieran una implicación total. Mi objetivo era hacer surf y llegar a subirme a una tabla. Pero mi condición física era patética. Y la mental mucho peor. Y por ello, mi verano ha consistido en cinco días a la semana de gimnasio con entrenador, uno de senderismo y otro de playa. En cada gota de sudor había disciplina, constancia y mucha paciencia. ¿Has experimentado alguna vez la sensación de enorme alivio al deshacerte de una carga invisible, pero tan inaguantable que te ahogaba? Pues esa sensación la tenía cuando comprobaba cómo dejaba la camiseta después de tanto esfuerzo. Tenía tanto lastre emocional acumulado y aún tengo tanto del que liberarme…

Mi entrenamiento no se puede entender sin dos acontecimientos más, indispensables. Empecé a tratarme con un médico osteópata, convencida por mi hermana, y mis amigos Alex y Ricard me animaron a ir con ellos a hacer senderismo los fines de semana. Se estaban preparando para hacer la Transpirenaica. Acepté. Necesitaba llevarme mis problemas a lugares donde poder concentrarlos, enfrentarme a ellos y darles todas las vueltas que hiciera falta. Pero, sobre todo, necesitaba simplificarme, llegar a entenderme y fumar la pipa de la paz conmigo misma.

Y eso lo comprendí y empecé a afrontarlo un domingo de agosto. Mi hermana Vero y yo organizamos una excursión en tren hasta la Vall de Núria para hacer la ruta a pie Núria-Puigmal. Desde pequeña, el enclave donde se encuentra el valle me ha conmovido. Parece como si el mundo que conozco dejara de existir, una vez me adentro en su paisaje verde profundo.

La ascensión la recuerdo en dos partes. Desde el Santuario hasta un poco más de la Font Bordanera y de ahí hasta la cima del Puigmal. En la mochila llevaba provisiones pero, sobre todo, los rompecabezas sin solución ni lógica que me atormentaban. Era lo que más pesaba, pero el paisaje reconfortante lo hacía más llevadero.

La marcha se desarrolló igual que una sinfonía perfectamente ejecutada. Si sentía frío, caía sobre mí una lluvia cálida y delicada de rayos de sol. Si me sentía desfallecer, venía un enérgico pero bienvenido golpe de viento en el momento de mayor necesidad, haciéndome consciente de cómo el paisaje se volvía de una belleza singular y emocionante en ese preciso momento.

Mi hermana me acompañó hasta un poco antes de llegar a la Coma de l’Embut, cuando el camino aún no es árido ni presenta el desnivel más hostil. Ya no pude engañarla más con frases del tipo ‘Ya casi estamos’. Llevábamos más de tres kilómetros pateados con un desnivel positivo acumulado de unos quinientos metros. Decidimos encontrarnos de nuevo en Núria.

Aún me encontraba entera y decidí continuar. Las nubes que se suelen formar por la tarde en esa zona empezaban a dibujarse con el sol ya en lo más alto y, según me dijeron otros senderistas, era muy probable que descargaran granizo. Decidí aligerar el paso y llevar un ritmo más rápido, a pesar de notar cómo los problemas se retorcían dentro de mi mochila volviéndose ‘peso muerto’ para poner en jaque mi resistencia. No era el momento de desfallecer.

El verdadero camino interior comenzó y lo recorrí entre la Coma de l’Embut y la cima. Era incapaz de saber cuál era el Puigmal cuando aún atravesaba la Coma. No había ascendido nunca hasta allí y no ver mi objetivo me desgastaba el ánimo. Un senderista que bajaba ya a Núria me dio la bienvenida, cual guardián de las Puertas de Tannhauser: “Prepárate que ahora empieza lo bueno”.

El terreno era un desierto vertical y hacia el cielo. Me sentí superada ante la inmensidad de ese mar de grava angosto que tenía ante mí. Dejé de sentir el viento, de ver a las demás personas y de regocijarme con el paisaje. Era como si todo se hubiera parado. Sólo estábamos yo y mis preocupaciones colgadas a la espalda. Sin pensarlo más tiempo, empecé a caminar. El pulsómetro me ayudaba a administrar las fuerzas.

Todas las personas con quienes he comentado este trayecto y también lo han hecho, coincidieron conmigo en que, desde que el terreno se convierte en un paisaje de belleza lunar y yermo, se vuelve duro y provoca un estado de ánimo totalmente identificado con la tierra que pisas. Es como si el lobo se quitara la piel de cordero para enseñarte sus fieras fauces.

Hasta el mes de agosto, el año había sido largo y de una dureza sin tregua. Tal y como se estaba desarrollando aquel ascenso en zig-zag. La grava hacía que, en ocasiones, diese un paso y retrocediera tres. Sentía como se iban formando las llagas en mis pies. Y después de lo mucho ya subido, seguía sin ver mi objetivo. Todos los pensamientos que llevaba conmigo se replegaron y colapsaron mi mente. Subí llorando lo que quedaba de pendiente hasta la siguiente explanada. Si alguien me vio, no me importó y tampoco me importa ahora. Las lágrimas eran de estar hasta los cojones. Aceptaba las cosas que me habían pasado, pero no me quería conformar. Quería pensar que, si de mí dependía, a partir de aquel momento todo iría mejor y sabría reaccionar.

Y creo que en aquella explanada y en ese preciso instante, mi suerte y mi pensamiento empezaron a cambiar. Allá a lo lejos, a una distancia relativa, estaba mi objetivo. Estaba el Puigmal.

Me pasó como a Superman cuando en una viñeta vuela hasta el cielo traspasando las nubes y, en la siguiente, sientes todo su vigor de superhéroe mientras se carga con los rayos de sol. Me cambió la cara y el ánimo. Sentí la energía recorrer mi cuerpo de los pies a la cabeza y lo que quedaba de ruta casi lo hice corriendo. Fue una experiencia muy intensa, como aquéllas en que te zumban los oídos y crees ensordecer.

El pico estaba lleno de gente. Unos contemplando el paisaje tranquilamente. Otros reponiendo fuerzas. En mi caso, no se me ocurría nada trascendental que hacer. Era mi primera cima y no tenía ni cámara ni móvil ni una frase elocuente que resumiera la experiencia. Ni siquiera tenía a mi lado a nadie conocido con quien comentarla. Sentía la agradable flojera posterior a un gran esfuerzo. Rebusqué en mi mochila y saqué una tableta de chocolate. Partí una onza y me la comí con todas las ganas, plena y feliz. Miré a la cara a esa forma amorfa y débil en que se habían convertido mis problemas y supe que, con la fortaleza adquirida, podría hacerles frente. A ellos y a las dificultades que estuvieran por venir. Quizá fue ahí arriba y en ese instante, donde empezó sin hacer ruido algo que ha comprobado mi médico: mi corazón ha experimentado una importante mejoría desde la última visita. Lo cierto es que no me importa en qué momento empecé a mejorar, el tema es que hoy estoy exultante de felicidad.

Compartí lo que me quedaba de tableta con los demás senderistas y me encaminé a volver sobre mis pasos de vuelta a Núria. Allí me esperaba mi hermana, la primera persona que escuchó lo que aconteció durante mi ascenso al Puigmal. Cómo llegué a aislarme del mundo en una travesía entre desiertos verticales, mares de grava y lunas terrenales. Cómo superé con éxito la lucha interna en la que me vi envuelta, librada contra mi peor enemiga: yo misma. Cómo una tableta de chocolate se convirtió en el Santo Grial de la Felicidad. Y cómo en el último tramo del descenso, correspondiente a la zona del Pla de l’Ortigar, el valle recompensó mi esfuerzo poniendo en mi camino un confiado rebeco que dejó que me acercara hasta una distancia muy corta, aunque prudente.

Y se lo conté así, tal y como te lo he contado a ti.

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